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De la presión alta respaldada a la anarquía

En el primer tiempo, Argentina fue ambición y orden; en el complemento, naufragó en el desconcierto. La ineficacia lo encegueció y coqueteó con el disparate.


Foto: DyN

Partido 0-0, 11 vs. 11, con más de 40 minutos por delante. En ese contexto, ningún equipo debe parar a dos de sus tres defensores una decena de metros más adelante de la línea central (al menos ninguno que pretenda tener éxito). Esa raya, no sólo es una divisoria de los dos campos; también es clave para determinar cuándo hay offside y cuándo no. En la segunda etapa, el seleccionado argentino quedó mal parado en varias ocasiones y los venezolanos avanzaron –habilitados- con una estancia para conquistar.


Así fue el gol, la muestra más cabal del absurdo, aunque ésa no fue la única jugada en la que el equipo de Sampaoli persiguió de atrás a los adversarios. En dos oportunidades tuvo que recurrir a faltas al borde del área y en otro contragolpe rival dependió de un quite agónico de Acuña.

Antes de eso, en el primer tiempo, Argentina sí fue una estructura. Ambiciosa y agresiva, pero estable. El 3-4-1-2 (el esquema que fue el punto de partida) mutaba a un 3-2-1-4, donde Acosta y Di María (luego Acuña) se convertían en extremos. Una presión alta, sustentada por un respaldo escalonado.

En ese capítulo el gran déficit de la selección fue la definición. Logró transformar la posesión en dominio territorial y esa doble hegemonía, en peligro. Superó a su oponente por los costados y también lo dañó por el centro. Tuvo la movilidad que no ofreció en Montevideo y logró algo nada sencillo en el fútbol moderno: ahogar al adversario hasta desbordarlo. Sin embargo, no lo noqueó.

La escasez de contundencia fue un error evidente, aunque se puede aceptar. Los atacantes no fallaron a propósito y, además, el arquero fue uno de los principales responsables de que Argentina no convirtiese en la primera mitad. Lo que es imperdonable es el suicidio. La inmolación. El disparate.


Si Mascherano y Otamendi avanzan y Fazio queda parado en el punto de media cancha, la consecuencia será una cancha demasiado ancha. Inabarcable. Eso sucedió ayer y ni siquiera el gol de Venezuela ofició de lección.

La idea de Sampaoli, audaz y provocadora, precisa de una estructura que la sostenga. De lo contrario, la selección corre un riesgo que ayer se cristalizó: convertirse en un equipo desequilibrado. Irracional.