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El Lobo cambió voracidad por eficacia

Transformó su estructura y ofreció una versión más equilibrada.


FotoBaires

Máximo Randrup (nota publicada en diario La Nación).

Mariano Soso llegó a Gimnasia con una idea fija: construir un equipo ultraofensivo. Diagramó un sistema con tres defensores, lo puso a Fabián Rinaudo de líbero para salir con claridad desde el fondo e insistió con la premisa de atacar con tres delanteros. Hasta ayer, que decidió mutar. Punto a favor del entrenador que cambió de planes. Metió las cartas de nuevo en el mazo, pensó, repensó y modificó la estrategia. Su ideal no lo encandiló. No se encegueció.

El Lobo conservó la intención de ser un conjunto ambicioso pero la respaldó con equilibrio: un 4-4-1-1 compacto que ostentó dos virtudes difíciles de combinar (astucia y orden). La frescura que tuvo de mitad de cancha hacia adelante, en donde exhibió precisión en velocidad, nunca se tradujo en un dispositivo desnivelado. Los laterales pasaron para sorprender y no como un hábito; Rinaudo volvió a su puesto natural y resultó clave en la contención; los otros mediocampistas aportaron en el retroceso.

Es cierto que Gimnasia hirió a Vélez de entrada, cuando el partido recién comenzaba; aunque luego lo justificó. Con practicidad (no arriesgó de más), con juego colectivo (tres goles llegaron tras excelentes asistencias) y con contundencia en varios jugadores (convirtieron Nicolás Dibble, Nicolás Mazzola, Lorenzo Faravelli y Nicolás Colazo) redujo a su oponente hasta convertirlo en una versión diminuta.

El Lobo, menos voraz pero más eficaz, dio un paso hacia adelante: evolucionó.