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Crónica de un periodista triste y abatido

Pasaron algunas horas y no salgo de mi asombro. ¿Qué nos pasa? No sé; lamento decirles que todavía no encontré una respuesta. Eso sí: espero que, al menos, se sientan identificados con estas letras y no con aquello (ni siquiera sé que nombre ponerle).


Fotobaires

Luego de esta oración voy a evitar las palabras ‘partido’ y ‘fútbol’. El espectáculo grotesco de ayer no las merece.

El domingo me levanté desanimado. No era sueño. Enseguida entendí. Se cumplía un año del fallecimiento de dos colegas amigos, pero sobre todo excelentes personas. El vacío que dejaron Yiyo Cantoni y Juli Morales es imposible de llenar y la sensación de angustia me acompañó durante todo el día. También recordé a Osval (Fanjul), Dani (Dalto) y Fede (Monetti).

Como no tuve que viajar a Mar del Plata a cubrir el papelón platense, pasé las horas en familia. A la tarde me comuniqué con el diseñador para coordinar la nota del día siguiente: un análisis táctico del Estudiantes-Gimnasia. Este espacio era para eso. Pensaba que el equipo de Vivas podía sacar ventaja si el trío Solari-Gata-Auzqui ganaba las espaldas de la zona media rival, y que una de las llaves para los de Troglio sería el desempeño de sus volantes externos. Pensaba en vano…

Cerca de las 21.30 verifiqué las formaciones titulares vía Twitter y pasadas las 22 prendí la tele. No quería previa. Fui derecho a las acciones, no sin antes buscar una lapicera y un anotador que coloqué en mi mesa de luz. Sí, lo vi en la cama.

De los primeros instantes me sorprendió la efectiva presión alta de Estudiantes, que enseguida Gimnasia neutralizó. En el gol robó mi atención la combinación de fallas individuales de la última línea (segunda anotación). A los 29’ marcó mal el Pincha y a los 39’, el Lobo. Hasta ese momento, los errores defensivos eran la punta para mi futuro artículo.

La demora en el comienzo del segundo tiempo me fastidió. La cultura del aguante (con el robo de banderas como gran hazaña) me parece una tremenda estupidez. Cuando arrancó el complemento y a los pocos minutos el árbitro detuvo el encuentro tuve ganas de apagar el televisor. “¿Qué hago viendo esto?”, me pregunté. No supe responderme pero seguí mirando. Soy un idiota más. Uno de los tantos que avalamos esto, que de juego se transformó en deporte, luego pasó a negocio y desde hace tiempo se convirtió en bochorno. Sobre todo en la Argentina. Las barras mandan, los jugadores no dan el ejemplo y los periodistas armamos el circo.

Igual seguí observando. Si alguno apagó la TV o se fue de la cancha merece mi respeto. Yo continué. No voy a condenar a Pereira, tampoco al pibe Ascacíbar. No los justifico y estuvieron muy mal, pero puede ocurrir. Creo que no pensaron en lastimar. No midieron las consecuencias, es cierto. Sin embargo, sus propósitos seguramente fueron otros: rechazar como sea y cortar la jugada, quizás.

Lo otro sí es imperdonable. No puede pasar. Igual seguí mirando. Atónito pero me mantuve firme. No sé por qué lo hice. No sé por qué avalo esto.

No tengo respuestas y hay algo peor: el viernes voy a estar ahí, observando el inicio del campeonato.